Juan Ignacio CortésCreo que soy el miembro más veterano del equipo de Acerca Comunicación y, al mismo tiempo, el más nuevo. Esto de ser viejoven es tan pertubador como excitante, pues significa que, al tiempo que las transaminasas y el colesterol te salen altos en cualquier análisis de sangre que te hagas, sigues aprendiendo cosas nuevas.

He sido muchas cosas en la vida (hasta trabajé en una fábrica cuando esto del periodismo y la comunicación no me daba para vivir), pero sobre todo me considero alguien a quien le gusta escuchar y contar historias. Algunas de las historias que me contaron para que las contase las recogí en un libro (por supuesto, yo he venido aquí a hablar de mi libro, como todo el mundo) que se llama Historia del Brasil.

Este episodio casi prehistórico dice mucho de mí: cuenta cómo desde que en primera adolescencia (creo que voy por la tercera) leí Cien años de soledad quise ser Gabriel García Márquez. Aunque por supuesto no lo he conseguido (soy más alto y estoy más vivo que el tristemente desaparecido Gabo, aunque también tengo mucho menos talento), por el camino conseguí viajar numerosas ocasiones a América Latina y algunas a África; escribir reportajes sobre Brasil, Ecuador, Cuba, Chad o Mozambique y trabajar para una organización de derechos humanos que respeto mucho.

En el campo de la cultura, fui parte del equipo político de la Consejería de Cultura de Castilla-La Mancha y parte del equipo de prensa del Círculo de Bellas Artes. Esto último propició que, aunque no lea tanto como debiera, sepa quién es Walter Benjamin. Él decía que todo acto de cultura es también un acto de barbarie. Puede ser, pero imagino que en Siria y en República Centroafricana estarían deseando visitar exposiciones de Picasso en lugar de sufrir las atrocidades de guerras inútiles.

Hablando de guerras y otras injusticias, soy de los que pienso que las cosas tienen que cambiar, aunque es difícil que lo hagan. Pero Camus ya nos explicó que uno tiene que hacer aquello que cree que tiene que hacer, independientemente de que la maldita piedra siempre vuelva a rodar hacia abajo cuando llegamos al final de la cuesta-laberinto. En cualquier caso, creo que solo la educación y la cultura pueden detener la piedra y la barbarie.